El testimonio vivencial de un ex alumno

Pedro Garvan Gamarra

Cuando ingresé al Seminario Menor yo tenía nueve años y ahora tengo 56 años, quiere decir que han pasado 47 años y la experiencia vivida es inolvidable por lo bien que la pasé y pasábamos todos en el salón y en el Colegio. Ahora, por fin, soy abogado, estoy casado por civil y por Iglesia, tengo once hijos y uno de ellos, Tomás es sacerdote y hace poco conversó con el Papa Francisco en Roma, gracias a la generosidad de su Eminencia el Cardenal Cipriani, quien le dió la cajita que contenía unas reliquias de Santa Rosa de Lima a mi hijo para regalarle al Santo Padre.

Este estilo de vida cristiana, es decir, de los Seminarios, se inicia en el Concilio de Trento, a través del decreto tridentino del 15 de junio de 1563, y es una realidad eclesial de gracia. La decisión tridentina de instituir el Seminario, a escala universal, en cada una de las diócesis, es un hecho de suma trascendencia. En la Prelatura de Yauyos, después de casi 400 años, en 1964, se abrió las puertas de nuestra alma mater por la animación de San Josemaría y por la acción de Don Ignacio María de Orbegozo y Goicochea, primer Prelado de esta Iglesia local de los Andes, quien nació en Bilbao, trabajó como médico en Sevilla y como Obispo en Yauyos y Chiclayo. Sus restos descansan en la cripta del Santuario de “Nuestra Señora de la Paz” en Chiclayo.

Un claro precedente del decreto tridentino sobre los Seminarios, son los Concilios II y IV de Toledo (años 527 y 633). Sobre todo, el capítulo 24 del Concilio IV de Toledo fue una fuente inspiradora de Trento. En los concilios toledanos se acentúa la necesidad de una formación espiritual e intelectual desde la adolescencia, así como la dirección y responsabilidad por parte del obispo.

El Decreto OPTATAM TOTIUS del Concilio Vaticano II, sobre la formación sacerdotal nos dice: “En los Seminarios Menores, erigidos para cultivar los gérmenes de la vocación, los alumnos se han de preparar por una formación religiosa peculiar, sobre todo por una dirección espiritual conveniente, para seguir a Cristo Redentor con generosidad de alma y pureza de corazón. Su género de vida bajo la dirección paternal de los superiores con la oportuna cooperación de los padres, sea la que conviene a la edad, espíritu y evolución de los adolescentes y conforme en su totalidad a las normas de la sana psicología, sin olvidar la adecuada experiencia segura de las cosas humanas y la relación con la propia familia. Hay que acomodar también al Seminario Menor todo lo que a continuación se establece sobre los Seminarios Mayores, en cuanto convenga a su fin y a su condición. Conviene que los estudios se organicen de modo que puedan continuarlos sin perjuicio en otras partes, si cambian de género de vida”.

Todas estas instrucciones eclesiales, las hemos experimentado en nuestra vida personal y escolar, en el régimen de internado, que más lo recuerdo a modo de una vida familiar. Todos los días nos levantábamos temprano y a las siete ya recitábamos nuestras primeras oraciones y luego venía la Santa Misa cantada por todos nosotros. Luego el desayuno y a continuación la limpieza de los pasadizos y de los salones. Teníamos clases por las mañanas y tardes, y en las noches, estudio. Algunos días veíamos televisión en blanco y negro.

Recuerdo los paseos por el valle de Cañete y los almuerzos campestres. La figura del Padre Esteban tocando su rondín y seguidos por su perra Laica, alegraban nuestras vidas de infantes. Cómo no mencionar los campeonatos de fulbito entre las secciones. Monseñor Orbegozo y los demás sacerdotes siempre nos acompañaban y alentaban. El espíritu en el que vivíamos era de seguridad y alegría. Siempre me sentí muy seguro dentro del Seminario Menor “Nuestra Señora del Valle” y no había lugar para el miedo o la nostalgia.

Todos los sábados íbamos a la Ermita de la “Madre del Amor Hermoso” a cantarle el Rosario y la Salve en latín, y a rezar la oración pegada en la pared de la Ermita que siempre la tengo presente. Los primeros domingos de cada mes eran esperados con ansia, porque nuestros padres y hermanos venían a visitarnos. La Misa a las 11 y seguido la charla de los sacerdotes a nuestros padres. Y luego a almorzar camarones en Imperial.

Mi primer carnet fue el de la Biblioteca del Seminario. Cuando en la noche se apagaba el motor petrolero, seguíamos leyendo con velas y a veces con una linterna.

Recuerdo la dirección espiritual, que ahora la extraño. Cómo abríamos nuestras almas y pedíamos perdón al Señor, cuando nos tocaba ir a la Confesión, sacramento que nos salva y nos alegra: ya que el Señor murió en la Cruz por nuestros pecados.

Recuerdo también las Comuniones, las visitas al Santísimo y las Bendiciones Eucarísticas con el Tantum Ergum y el Adoro te devote de Santo Tomás de Aquino, sacerdote dominico que inició una era de colaboración entre la fe y la razón para el desarrollo de la persona humana, buscando el bien común.

Pero de las muchas cosas buenas del Colegio hay dos inolvidables: la mentalidad de servicio y la sinceridad. Esta vocación de servicio la llevé a mi matrimonio y a mi trabajo, y la virtud de la sinceridad la he inculcado en la educación y formación de mis hijos. Cuando trabajé en mi juventud en el Banco de Crédito de Lima era uno de los que más horas extras hacía, hasta en las madrugadas y fines de semana porque pocos querían trabajar en esas jornadas. Así también pude sacar adelante a mi familia numerosa, en épocas de terrorismo y superinflación.

Para terminar, quisiera expresar un agradecimiento eterno a todos los sacerdotes que han sido nuestros formadores y a nuestros profesores que nos han educado y para todos aquellos que trabajaron en la dirección, la administración la construcción, mantenimiento y servicio del Seminario Menor de la Prelatura de Yauyos, Cañete y de Huarochirí. ¡Deo gratias!.