Cor unum et anima una

San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 32) afirmaba que la primitiva comunidad cristiana se caracterizaba por un estilo de vida basada en la fe y la caridad cristianas, las cuales se expresaban en la unidad de la primitiva Iglesia que “erat cor unum et anima una” (Era como un solo corazón y una sola alma).

Podemos decir con certeza moral que esta frase también se cumplió entre el Primer Prelado, los sacerdotes y los fieles de la Prelatura. Mucho tiene que ver la finalidad y la misión que tiene la Iglesia, que le da cohesión e integridad a toda labor pastoral y eclesial: la salvación de las almas. De igual manera, la historia del Seminario Menor se relaciona con la de laPrelatura de Yauyos cuando los cinco primeros sacerdotes españoles llegaron a evangelizar estas tierras junto al primer Prelado, Monseñor Ignacio María de Orbegozo. Como si fueran un solo equipo o un solo agente, se trazaron la meta de fomentar más vocaciones sacerdotales, continuando el trabajo del Seminario Menor y buscando más candidatos en sus parroquias desde sus “Asociaciones de Acólitos” (ADA).
Los cinco primeros promotores vocacionales los que comenzaron el trabajo pastoral, en particular, el vocacional, fueron los que llegaron en Setiembre de 1957: P. Enrique Pélach Feliú, P. Frutos Berzal Robledo, P. Jesús María Sada Aldaz, P. José de Pedro Gresa y el P. Alfonso Fernández Galiana, sacerdotes que facilitaron la tarea de organizar las Parroquias de la Prelatura para que de allí se preparasen a los alumnos que deseaban estudiar en el Seminario Menor.



Se cuenta entre los sacerdotes que San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, el año 1957, le dijo a Monseñor Ignacio que en veinte años verían los frutos. Esto se hizo realidad con la primera Ordenación los cuatros primeros de diáconos incardinados en la Prelatura el 09 de enero de 1978.

Para tener una idea de la urgencia de la promoción y formación de vocaciones en los inicios de nuestra Prelatura, erigida el 12 Abril de 1957, y de su contexto histórico eclesial en el Perú, veamos lo que cuenta el padre Samuel Valero en su libro "Yauyos, una aventura en los Andes:" “Los inicios del Seminario no fue tarea fácil. En toda la nación peruana durante los años 1969 hasta 1971, estadísticamente la media de ordenaciones sacerdotales diocesanas, fue de un sacerdote nativo por año. Así se comprende la escasez y la necesidad que hay de ellos.

Con esta experiencia estadística, proyectar un Seminario propio de la Prelatura podría parecer una ilusión utópica, un proyecto para despertar sonrisas, por la candidez del empeño. Si en el resto del País, con condiciones aparentemente más propicias casi no había ordenaciones. ¿En Yauyos, sin medios, sí? Pero el Prelado de Yauyos y sus sacerdotes, además de candidez e ilusión, tenían clara esta meta, que les había sugerido el Fundador del Opus Dei. Y otras muchas personas con ellos, pedían al Señor esta intención. No se dedicaban a pensar en las dificultades, sino en sacar adelante el Seminario. La adhesión de la provincia de Cañete a la Prelatura (en 1962) tuvo su origen en esta preocupación por el futuro Seminario.



A comienzos de 1964, el Director padre Agapito avisó a los Párrocos que, para el mes de Febrero, trajeran a sus candidatos para tener un primer contacto con los chicos unos días de convivencia en los que, además de tratarse mutuamente se le hiciera algunas pruebas para conocerlos mejor en sus diversas facetas. En el Seminario Menor se les fomentaba a los alumnos la vida de piedad, de estudio y de virtudes. Era manifiesto que a la mayoría de ellos, al crecer, el sueño infantil de ser sacerdotes se les desvanecerían; a otros habría que decirles que el sacerdocio no era su vocación, pero todos continuarían en el colegio recibiendo una buena formación que les preparase para ser unos excelentes profesionales cristianos. Además de los sacerdotes, que en sus parroquias, se preocupaban de manera especial por los padres de los chicos, el Colegio los invitaba a unas reuniones mensuales, a las que, a pesar de las distancias, acudían muchos. Era un día muy lleno. Tenían una plática en el oratorio y “gozaban” la Misa en compañía de sus hijos. Luego en un salón amplio, se reunían en asamblea: se les informaba de la marcha del colegio y también ellos participaban con sus preguntas y propuestas. Los que querían, tenían oportunidades de entrevistarse con los profesores o sacerdotes para conocer más detalles sobre el comportamiento de sus hijos en el Colegio o, si lo preferían, salir afuera. Con frecuencia, acudía toda la familia, y era un día de encuentro de los chicos del Colegio con sus padres y hermanos. No era raro que se organizasen partidos de fútbol jugando padres e hijos. Bajo muchos aspectos, era un gran día de familia.

Por lo tanto, podemos decir que tanto Monseñor Ignacio, los cinco sacerdotes y posteriormente los formadores del Seminario Menor como los padres de familia todos buscaban el mismo fin, los mismos objetivos y criterios, que se puede condensar en una sola meta: la gloria de Dios, buscando la salvación de las almas.