Bodas de oro de la llegada de la "Madre de al Amor Hermoso"

En varias ocasiones, San Josemaría fundador del Opus Dei de la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz, solía decir que si en algo debían imitarle sus hijas e hijos era en el amor a Santa María. Llevado por estos afanes y quereres propios del amor, quiso regalar una Imagen de la Virgen Madre del Amor Hermoso a la Prelatura de Yauyos para que mucha gente acudiera al amparo maternal y efectivo de María. Estos eran también los deseos de Mons. Ignacio de Orbegozo. En el Oratorio de la casa Prelaticia de Yauyos, en los inicios de la Prelatura, se encontraba en una artística hornacina una imagen de la Inmaculada, muy bella. Allí se tenían los retiros mensuales con los sacerdotes y allí pedía ya a la Virgen María, “Madre nuestra por derecho propio” como repetía Mons. Ignacio, por las futuras vocaciones sacerdotales.

“Pide, - decía en una carta a su hermana Rosario- y haz que pidan muchas personas particularmente por el Pre-Seminario; y por otra intención nueva: una iglesia remaja que queremos hacer para dedicarla a Santa María Madre del Amor Hermoso y que presidirá una imagen regia que por encargo del Padre me está haciendo Manolo Caballero en Roma”.

El Fundador del Opus Dei deseaba que la imagen tuviera facciones y vestimenta de nuestra gente de la sierra. Se mandaron telas y fotos de muchachas con sus vestimentas típicas de la zona de Huangascar, para que la sintieran más próxima y familiar.

En diciembre de 1963, Mons. Ignacio enviaba una carta a los sacerdotes de la Prelatura contándoles del avance de la imagen con una foto del negativo en barro que llevaba escrito, al reverso, de puño y letra de San Josemaría: Sancta María, Mater Pulcharae Dilectionis, filios tuos adiuva!, de die 1 decembris, 1963.

El 25 de noviembre de 1965, se bendijo la Imagen “Madre del Amor Hermoso”. Fue un día maravilloso. Los sacerdotes de la Prelatura concelebraron la Misa. Varios cientos de personas acudieron a la bendición. La imagen de la Virgen María iba en un anda adornada de flores, cargada por los devotos fieles que felices rezaban y cantaban, llenos de júbilo, a su Madre. Chalanes, tocados con poncho de lino y sombrero de jijipapa, abrían la marcha montados en briosos y gallardos caballos de paso. Se cantaba y rezaba y la banda (conjunto de músicos) tocaba lo mejor de su repertorio.

Mons. Ignacio de Orbegozo estaba exultante con el regalo de San Josemaría. Escribía:

¡Me hace muchísima ilusión! Y me hace feliz ver, por vuestras cartas, la que a vosotros os hace. “Mater Pulchare Dilectionis”! Ya veo el santuario, y todo el bien que haremos, y sobre todo, que hará la Santísima Virgen entre nuestras gentes. Y, mientras tanto, nuestros seminaristas se formarán en el amor a la Señora del Dulce Nombre, María, y ella los acompañará y querrá hacerlos especialmente buenos y fieles, y, porque se formaron a su lado, bajo su protección maternal, bendecirá muy especialmente sus labores y las llenará de frutos permanentes. Si todos los seres vivos necesitan un corazón, ahí lo tendrá puesto nuestra guapa Prelatura”

En un terreno colindante con el Pre-seminario empezaron las obras de la pequeña Ermita donde colocar la Imagen. La Ermita está conformada por dos paredes de tres metros de alto en declive, techo de teja que se apoya en la pared rectangular del fondo donde se levanta una pilastra para colocar la Imagen. Al frente de ella, un altar para celebrar la Santa Misa. Una verja de hierro impide tocar la Imagen. Mons. Orbegozo, de su mano y tino, recortó, en madera, las letras de la oración que colocó en los dos lados de la pared. La oración pide a la Madre del Amor Hermoso, que vele por la santidad de los matrimonios y el incremento de las vocaciones sacerdotales. Al lado izquierdo de la Ermita se levanta una armoniosa y esbelta torre con ventanas y una campana que tañe invitando a la oración. La imagen aparece ataviada con una túnica adornada con dibujos textiles como llevan la gente de la sierra en las blusas de colores. Dos encantadoras trenzas caen de los hombros ante el pecho. El niño Jesús, sentado en el regazo de su Madre, con una manzana en la mano izquierda, bendice, sonriente, con la derecha. Los días de Fiesta de la Santísima Virgen María y todos los sábados, se celebraba la Santa Misa y los muchachos del Pre-seminario, todos los sábados por 1a tarde, rezaban el Rosario y cantaban la Salve.

Escribía Mons. Orbegozo:

Supongo que os ha llegado ya, o está por llegar la imagen de la Virgen “Mater Pulchrae Dilectionis”. Os han enviado, me dicen unas noticas con indicaciones: Ateneos a ellas y usad en todo de vuestro buen criterio. ¡Yo por estos meses, la guardaría en lugar adecuado y al abrigo de las curiosas gentes! Pero allá ustedes.

Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei en una entrevista decía: “Fue una prueba más del cariño de predilección con que miraba a las gentes de esos lugares. Se la encargó a un hijo suyo del Opus Dei, pintor y escultor, que ha trabajado mucho en el terreno del arte sacro. El artista hizo un modelo de barro, siguiendo todas las indicaciones de San Josemaría, que siguió muy de cerca la elaboración. Por ejemplo, quiso que se representara a nuestra Madre con los rasgos típicos de las personas de esos lugares, con el deseo de que las gentes de la Siena la sintieran muy cercana y acudieran confiadas a su intercesión. La advocación Madre del Amor Hermoso testimonia lo que principalmente deseaba San Josemaría: que la Santísima Virgen custodie a todos los cristianos, de modo que se santifiquen siguiendo fielmente la llamada de Dios: formando un hogar cristiano, alegre y luminoso, en el que los cónyuges se amen fielmente entre sí y acojan generosamente todos los hijos que el Señor les mande, o en el celibato apostólico, aquellos a los que Dios lleve por este magnífico camino”

Mons. Ignacio exultaba de gozo con el regalo de San Josemaría. Escribía a los sacerdotes de Yauyos:

! Me hace muchísima ilusión! Y me hace feliz ver, por vuestras cartas, la que a vosotros os hace. “Mater Pulchrae Dilectionis”! Ya veo el santuario, y todo el bien que haremos, y sobre todo, que hará la Santísima Virgen entre nuestras gentes. Y mientras tanto, nuestros seminaristas se formarán en el amor a la Señora del Dulce Nombre, María, y ella los acompañará y querrá hacerlos especialmente buenos y fieles, y, porque se formaron a su lado, bajo su protección maternal, bendecirá muy especialmente sus labores y las Llenará de frutos permanentes. Si todos los seres vivos necesitan un corazón, ahí lo tendrá puesto nuestra guapa Prelatura.